El fantasma del castillo 1918


El banquero Alsina, abismado en una vida de preocupaciones y de trabajo activísimo, advierte quebrantada su salud y acude a su médico, obedeciendo a requerimientos de su propia familia.
El médico le reconoce, y asegura que se trata de un caso de surmenage, que puede curar con gran reposo y abandonando por algún tiempo la vida de los negocios.
En vista de eso, el banquero se marcha al campo, instalándose en una finca que poseía cerca de la Sierra.
Le acompañan su esposa y su hija Marta.
Esta se halla en relaciones amorosas con un joven llamado Jorge Sabater, muchacho de excelente posición social, cuya familia conserva una íntima amistad con la de Alsina.
Es inútil decir que los padres de los enamorados ven con gran complacencia estas relaciones.

El fantasma del castillo 1

El fantasma del castillo 1918

Al poco tiempo de estar en el campo, Marta se aburre.
Este aburrimiento es advertido por sus progenitores, que no necesitan gran perspicacia para saber cuál es el remedio.
El banquero Alsina escribe al padre de Jorge, invitándole a pasar unos días en la finca, en unión de su hijo.
Los invitados aceptan.
En casa de los Alsina son recibidos con el júbilo que es de suponer, sobre todo por parte de Maria, que está, en verdad profundamente enamorada.

Ambos jóvenes se dedican a hacer excursiones por los alrededores, que son en extremo pintorescos.
Una tarde paseaban ambos por el jardín de la finca.
Entre el tupido follaje de un bosquecillo, en un claro disimulado entre la fronda, descubrieron una lápida mortuoria.
En vano intentaron descifrar las borrosas letras que en ella estaban grabadas hacía muchos años.
La lluvia y la acción de todos los agentes atmosféricos habían convertido en un jeroglífico ilegible la leyenda de la tumba.
Aquello intrigó a los jóvenes.
El misterio de la sepultura guardada en el jardin, la vetustez que su estado delataba, el romanticismo del ambiente qua la rodeaba, hicieron nacer en ellos una gran curiosidad por saber quién yacía enterrado en aquel lugar.
Marta no había oído bablar nunca de aquel sepulcro.
Verdad era que sus padres habían adquirido la finca recientemente y que sólo habían estado allí de paso un par de veces.
Los novios indagaron entre la servidumbre.
Al fín, un viejo jardinero al que interrogaron, satisfizo su curiosidad.
– Yo sé – les dijo – la historia de quien yace en esa tumba. Y les contó esta extraña historia:

La epoca a que se va a remontar mi relato es muy antigua.
Yo he escuchado esta narración de mi abuelo, quien a su vez la aprendió del suyo. Y éste supo por ajenos labios también lo ocurrido en la lejanía de los tiempos.
Mace muchos años, en tiempos del Emperador Carlos V, era señor de estas tierras el muy noble caballero don Iñigo de Atienza, hombre arrojado y aventurero.
Don Iñigo convocó una vez a sus mesnaderos y les comunicó su propósito de marchar a batirse a tierras de Flandes.
Sus hombres, que le adoraban, acogieron el propósito con gran alegría, y se mostraron decididos a seguirle adonde quiera que fuese, hasta el fin del mundo si era preciso, ya que el noble Atienza había sabido hacersa amar de todos los suyos.
Organizose un tercio, y al frente de él marchó don Iñigo.
No tardó en llevar y traer la fama el nombre del valoroso caudillo y las hazañas de sus gentes, que fueron tantas y tan extraordinarias, que pudieron destacar en medio de las de aquel enjambre de bravos que mandó España a las tierras flamencas.
Don Iñigo se batía temerariamente.
Su carrera por el pais enemigo era triunfal.
La notizia de sus éxitos había llegado a oídos del Emperador.
Y éste le había hecho felicitar diversas veces.
Fué entonces quando le donó varios señoríos, que vinieron a aumentar considerablemente las riquezas de la ya poderosa casa de Atienza.
Cuéntase que cierto día, en la tierra que la espada de don Iñigo y de sus huestes estaba intentando pacificar, una furiosa tormenta les sorprendió cuando atravesaban un tupido bosque.
Los caballos espantáronse con la terrible luz de los relámpagos y el retumbar del trueno.
Pasaron una noche horrible, perdidos en la maraña de la vegetación temiendo a cada momento verse sorprendidos por el adversario, que hubiera podido deshacerlos con bien poco esfuerzo en aquella ocasión.
Amanecía ya cuando pudieron salir a un descampado.
Enfrente alzábase el enorme edificio de un convento.

El fantasma del castillo 1918

Enfrente alzábase el enorme edificio de un convento

Al pie de este convento acamparon las tropas fatigadas, mientras don Iñigo fué a pedir a la santa casa hospitalidad, que se le concedió sin reparos.
Una novicia de extremada belleza cautiva la atención del caballero, que queda prendado de su hermosura.
Al día siguiente, auxiliado por sus oficiales, raptó a la jovcn y huyó con ella.
Poco tiempo después el caballero tuvo que regresar a España, y volvió a su castillo feudal, donde instaló a la novicia como si fuese su esposa.
Un día en que Atienza estaba entretenido en una partida de caza, lejos de su castillo, presentóse en él un fraile que iba en peregrinación por aquellas tierras.
Solicitó permiso para saludar a la dueña del castillo, y, una vez obtenida la venia, presentóse a ella.
Ambos hablaron largamente.
Lo que ocurrió en aquella entrevista no se pudo saber jamás..
Pero es lo cierto que, a poco de salir el fraile, la dama vistió nuevamente sus babitos claustrales y se dispuso a huir.
En aquel momento regresaba don Iñigo, que, al ver a la monja dispuesta a separarse de él, se enfureció y la amenazó de muerte.
La monja, humildemente, insistió en su propósito.
Entonces don Iñigo, fuera de sí, sacó su puñal y se lo hundió en el corazón.
Negóse al cadaver sepultura en tierra sagrada.
Atienza dispuso que fuese enterrada en el bosque, y él mismo asistió a la ceremonia, sombrío y callado.
Y en ese sepulcro, bajo esa lápida cuyas letras están borrosas, yace el cuerpo de la infeliz.
Desde entonces – terminò el viejo jardinero – es bien sabido que todos los años, el día de Animas, se alza la losa del sepulcro y sale el fantasma de la monja, que, con los hábitos que usó en vida y blandiendo el puñal con que fué asesinada, recorre las inmediaciones del castillo.

El fantasma del castillo

Blandiendo el puñal con que fué asesinada, recorre las inmediaciones del castillo.

Marta y Jorge, que oyeron atentamente esta leyenda, no dieron el menor crédito a la existencia del espectro. Algunos meses después, un incidente politico hace que las familias de Alsina y Sabater se enemisten y se opongan al noviazgo de ambos jóvenes. Para alejarlos, Alsina vuelve al castillo con su hija. Pero el amor, que tantos recursos facilita, sugiere a los novios un plan. Aprovechando la proximidad de la noche de Animas, Marta debe disfrazarse de monja y atravesar el parque basta la puerta de entrada, donde la esperará Jorge con un automóvil para raptarla

Se conviene así. Marta se procura unos bábitos y un puñal. Y en la noche indicada Jorge espera ansiosamente junto a la verja. Son las doce quando divisa a Marta, que se aproxima lentamente, disfrazada y cubierto el rostro con un velo. Jorge avanza, la toma en sus brazos, la sube al auto y huye. Marta se desmaya con la emoción. Un fuerte chubasco les obliga a detenerse y a buscar refugio en una cabaña. La joven continúa desmayada aún. Jorge alza su velo y ve, con horror, una descarnada calavera. Loco de terror, abandona la cabaña y sale en su auto a una velocidad vertiginosa.
Al día siguiente Marta, que presa de escrúpulos no ha salido de su habitación en toda la noche, recibe la notizia de que se ha encontrado el cadáver de su novio bajo el automóvil destrozado, en una curva de la carretera.

Producción: Patria Films, Madrid 1918
Director: Julio Roesset
Intérpretes principales: Manuel González, Pedro Zorrilla, Margarita Dubertrand, Fernando Delgado.

Informazioni su thea

Archivio del Cinema Muto - Silent Film Archive
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